Perfil de Tiberio Montoya

Artículo de la edición 13 de Cascada La Revista

Por: Milton Giraldo Villegas
Estudiante de Comunicación Social

Tiberio es un hombre lleno de vida, pero tiene cáncer. En 1998 creó el festival del chocolate y la trova en el municipio de Cocorná, una fiesta que desafió la autoridad de los violentos, mientras el pueblo vivía un radical toque de queda impuesto por la guerrilla.

La primera vez que nos reunimos, ni él ni yo teníamos conciencia del cáncer que le carcomía los riñones; estaba ahí, presente como un espíritu, invisible, constante, silencioso.

Cuando nos conocimos pesaba 64 kg y medía 1,70 mts, era de voz alegre, de rostro sonriente, con nariz fina, completamente afeitado, con facciones delicadas, dentadura de tonalidad ambarina por la nicotina, y cada una de sus palabras denotaba la inteligencia de aquel que conoce sus demonios y ha luchado en persona con ellos. Ahora sabemos que le faltaba luchar con uno: el cáncer.

Cocorná
Transcurría una tarde de 1998, el miedo dibujado en los rostros de los cocornenses, era muestra de que estaban haciendo algo que no se podía.

Estaban violando el toque de queda decretado por grupos al margen de la ley, que imponía como ley marcial, que nadie debía estar fuera de su casa después de las cinco de la tarde.

La vida comunitaria nocturna de Cocorná había muerto. Se silenciaron las tertulias en el Kiosko y ya nadie ponía música en la Charcutería, todo parecía un cementerio, desde antes de que se ocultara el sol.

Ese día, Tiberio Montoya, impulsado por su fuerza vital, decidió salir a la calle, con su sonrisa al hombro, con una olla grande, dos adobes, leña, y una libra de panela, a desafiar el mundo; en ese entonces era concejal y se interesaba mucho por la cultura; había pertenecido al grupo de teatro y a la comparsa municipal. Esa tarde de 20 de agosto, sus excompañeros lo secundaron nuevamente en una de sus locuras. El parque principal se vio lleno de humo, y no precisamente por la explosión de alguna bomba.

Tenía 26 años y ningún atisbo de cobardía, caminaba por las calles como si fueran suyas y sonreía con los 32 dientes, feliz de ver a la gente nuevamente apropiándose de la noche. Lo ocurrido en ese momento, sería el inicio de el ‘Festival del Chocolate y la Trova’ y de la lucha de los cocornenses por no agachar la cabeza ante los malhechores.

Hoy
De los 64 kg que pesaba, le quedan únicamente 50, está notablemente mermado por ese ‘diablo’ que se lo quiere llevar, como el mismo lo dice, pero aún sonríe despreocupado y dice, “tranquilo viejo que yo me voy a morir longevo”.

Los doctores le prohibieron el cigarrillo, el azúcar, las carnes rojas, las bebidas oscuras, el trasnocho, y los esfuerzos innecesarios, sin embargo, esto no le quitó en lo más mínimo las ganas de vivir. Aunque sufre tremendos dolores y conseguir la medicina es un viacrucis, Tiberio no descansa. “Ya pararé cuando viejo” dice con esperanza. Tiene 45 años y ama a sus sobrinos.

Cuando me contó que estaba enfermo de muerte, yo pensé que me estaba jodiendo. “Tan güevón” le dije en medio de una carcajada. Yo hubiera querido que fuera mentira.

1998
Tiberio siempre ha sido un rockero de corazón, y desde su juventud se dejó tocar por las letras de Bob Dylan, Ozzy Osbourne y The Police. Hubiera parecido un extranjero de no ser por ese amor que profesaba por su tierra. Con todo y sus clásicos del rock anglo, Tiberio se vistió de poncho y sombrero, ya humedecido por el cálido sopor del alcohol, aquel 20 de agosto de 1998 y le dio por trovar.

Seguramente estaba pensando en lo que había sucedido 20 días antes, cuando hubo una toma guerrillera que destruyó el comando de policía.

Catarsis de una guerra
El 20 de agosto del presente año (2017) Tiberio lanzó un libro titulado ‘Catarsis de una guerra’ enmarcado en el aniversario N° 19 del festival; en su novela se narran todos los sucesos que precedieron la creación de la tradición, cuenta también la historia real del festival, embellecida de manera poética por el protagonista de este perfil.

Aunque llevaba más de dos años trabajando en el libro, debido a sus diferentes ocupaciones nunca se puso en la tarea de editarlo y publicarlo. Incluso habló con Héctor Abad Faciolince, quien se comprometió a leerlo en persona; sin embargo, Tiberio Nunca se lo envió. “se me olvidó”. Dijo, aunque no fuera así.

En este momento, los doctores dicen que los tumores le están consumiendo todas las proteínas y las calorías del organismo. “Pero aún respiro” declara él, testarudo y apegado a la vida, aunque se sienta muy débil.

Meses atrás se consiguió un médico que le dijo “usted de todas formas se va a morir, fúmese un cigarro de vez en cuando, tómese una cerveza, tírese de paracaídas, viva…” y eso hizo.

Chocolate y trova
Tiberio está gravemente enflaquecido, tiene bolsas oscuras bajo los ojos, los pómulos ligeramente salidos, los músculos tensos, sus manos son un delicado amasijo de dedos, no obstante su mirada conserva ese brillo de vida que caracteriza las mentes libres; y cuando el cáncer le da tregua, empieza a crear, escribe poemas que seguramente nunca publicará, lee, visita Cocorná, aunque prefiere permanecer en la ciudad por si se presenta cualquier urgencia; vende su libro para costear de alguna manera su enfermedad y futuras publicaciones, en cualquier caso, Tiberio vive, y sonríe con la fuerza de quien ha luchado contra todos sus demonios y no descansa.

19 años atrás, Tiberio César Montoya transformó el miedo en cultura, y la guerra tuvo que agachar la cabeza, desaparecer del imaginario de los cocornenses por una noche completa. Al ritmo de los juglares y trovadores más diestros la celebración permanece más fuerte que nunca, cada año el chocolate es más dulce y la guerra más débil.

La última vez que lo vi, el creador del festival, hacía caso distraído de sus dolencias, mientras se sentaba de carrizo con su vestimenta impecable, todo le combinaba con todo, y sus ropas eran de una actualidad increíble. Bebimos una cerveza, fumamos, aunque solo medio cigarrillo, hablamos de actualidad, de viejas amistades, de letras y de mundo. Y Tiberio tranquilo, sorbiendo el último trago de su cerveza, mientras veía la preocupación en mis ojos, me dijo: “tranquilo hombre que yo voy a morir longevo”.

Epígrafe: Texto recibido días antes de su muerte.

 

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